



Al observar estas obras, particularmente, no intento descifrar ningún mensaje escondido ni busco nada más que su propia composición. La obra es lo que es, nada más y nada menos. Pollock tuvo que hacer frente a las numerosas críticas iniciales, que definían su obra con calificativos que iban desde “maraña de pelo enredado” hasta “macarrones gratinados”, con la siguiente comparación: mis cuadros son “como un macizo de flores, nadie se plantea encontrarle significados”. Su etapa más productiva va desde 1947 a 1950. En 1949, la revista “Life” publica el artículo “¿Es Jackson Pollock el pintor vivo más grande de los Estados Unidos?”, a partir de estos momentos, sus críticos se tornan en admiradores fervientes y su fama se extiende hasta la “Biennale” de Venecia donde -el año anterior- cuelga seis obras.
La investigación sobre la procedencia del cuadro de Vermeer, llevó a los aliados hasta el banquero y marchante de arte de los nazis Alois Miedl quien, tres años antes, había adquirido el lienzo al pintor Han Van Meegeren, el cual fue arrestado y acusado de colaboracionista y de expoliar el patrimonio cultural holandés. Ante el oscuro futuro que se le planteaba, Van Meegeren confesó haber vendido a los nazis, en realidad, una obra suya: una falsificación de Vermeer. En el juicio de finales de 1945, y para demostrar su "inocencia", Van Meegeren pintó ante el tribunal su último "vermeer": "Cristo entre los doctores". Aunque fue liberado a principios del año siguiente, en 1947 se le condena a un año de prisión por falsificación y fraude, pena que no llega a cumplir, ya que fallece a finales de ese mismo año por un ataque cardíaco.
Van Meegeren, pintando ante el tribunal
Pero, un "Vermeer" no se falsifica de cualquier forma. Para que la pintura "sea" y no "parezca", no sólo hay que imitar el estilo del pintor sino hay que tener en cuenta otros aspectos que no pasarán por alto los especialistas. Para empezar, la tela debe ser de la época, en el caso de nuestro falsificador, nada menos que del siglo XVII. Hasta el s.XIX no se comienzan a tejer telas mediante un proceso industrial que hace que la trama y urdimbre sea homogénea. Así, tendríamos que adquirir un lienzo de esa época, eliminar la pintura y preparar la tela con una imprimación empleando siempre los materiales del siglo XVII. Hasta aquí, la cosa no es demasiado complicada ni excesivamente cara, teniendo en cuenta el beneficio. Sin embargo, la adquisición de los pigmentos para realizar los colores es otro asunto. Actualmente, la mayoría de pigmentos empleados son de origen químico, un adelanto con el que no contaba Vermeer. La obtención de pigmentos como el blanco de plomo o el lapislázuli es particularmente complicada, sobre todo la de éste último ya que es una piedra preciosa originaria de las montañas de Afganistán. Una vez conseguidos los materiales (pinceles del mismo pelo del empleado por Vermeer incluidos) y finalizada la obra con su correspondiente protección de barniz del siglo en cuestión, hay que envejecerla convenientemente. Para ello, Van Meegeren, endurecía sus lienzos horneándolos hasta 120º para, una vez pasados por un rodillo, conseguir el craquelado que el tiempo provoca en el óleo. Finalmente -y para imitar el oscurecimiento que provoca la oxidación del aceite- lavaba las pinturas con tinta china. Pero, el uso de ciertos productos químicos que empleó para asegurar la antiguedad, le delató para su ingrata fortuna.
Una historia tan interesante no ha pasado sin su interpretación cinematográfica. Os traigo dos vídeos de la película "Incógnito" de 1997, donde se le encarga una obra de Rembrandt a un falsificador estadounidense. El primer vídeo recoge cómo realiza la falsificación y, en el segundo se dramatiza el juicio de Van Meegeren si bien, como un final distinto. Éstos dos vídeos son lo mejor de la película, ya que, y entre otras cosas, para dar más credibilidad a la falsificación, el "rembrandt" es descubierto en una granja española, donde sus pobrecitos habitantes acceden de buen grado a las maquinaciones de los estafadores para poder "comer caliente" ese día (si podéis ver la cinta, fijaros en una escena del final, donde el protagonista envía una carta a la granja; ved bien el texto del sobre :P ). Además, y para arreglar la visión sobre los especialistas hispanos, la falsificación de Rembrandt (que tampoco se han esmerado mucho que digamos) termina colgada de las paredes del ¡Museo del Prado!, "¡casi ná!".
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=853127
De tal forma, que, nuestro Mr. Neville, dibuja sobre una cuadrícula de una forma muy precisa. Tan precisa que, en el momento que se cambia cualquier detalle, por mínimo que sea (recuerdo una escalera apoyada contra una de las fachadas) el hombre monta en cólera, sin saber que esos cambios son intencionados y guardan, al igual que los encargos, un oscuro propósito destinado a nuestro desdichado amigo. Es muy curiosa toda la parafernalia de que se rodea el dibujante para realizar los encargos, como los útiles de dibujo, los inevitables refrigerios y los diálogos con los personajes que componen esta magnífica "tela de araña" del señor Greenaway.
Más de doscientos cincuenta años antes de que Lorenzo Ghiberti terminara la famosa tercera doble puerta del Baptisterio de Florencia -que Miguel Ángel bautizó como Puerta del Paraíso-, el califa almohade Al-Mansur ordena la ampliación del patio de la nueva Gran Alhama de Sevilla. El cronista de la corte almohade Ibn Sahib al-Sala, fecha el inicio de la ampliación en 1196.
Gracias a ésta intervención, que culminará dos años más tarde con la inauguración del alminar y su famoso remate, hoy podemos admirar la puerta principal de la mezquita, conocida como Puerta del Perdón. Sin embargo, sería más correcto llamarla Puerta del Paraíso ya que forma parte de un programa iconológico más complicado del que -a primera vista- parece pertenecer.
En este sentido, el profesor Juan Clemente Rodríguez Estévez nos ilustra tanto sobre la puerta como sobre su significado en su ensayo: " El Alminar de Isbiliya. La Giralda en sus orígenes", páginas 122-125: